El escenario -escaso, simbólico, casi yermo- era el molino de Koselbruch. Aquí no gobernaba un simple molinero, sino un maestro: Doreen Malena Lißner brilló en este papel con fría autoridad y seductora energía. Dejó claro con qué facilidad se puede deslumbrar a los jóvenes cuando se les ofrecen soluciones aparentemente sencillas a problemas complejos.
Pero el conjunto que la rodeaba también dio vida al molino de Koselbruch: Lucia Wiederhold como Tonda aportó a su papel una calma y profundidad conmovedoras.
Ella Nau como Jura proporcionó grandes momentos entre la seriedad y el humor con sus maneras directas. Y Renke Hattendorf como Lyschka, así como Mara Angelè, Felicitas Kuba y Christoph von Rodbertus encajaron maravillosamente con sus papeles en la densa trama de la historia.


